Casa abandonada - Mina de los Cóndores en Concarán - San Luis, Argentina
[La luz que atravesaba el ventanal de la cocina se disipó bajo las cortinas claras. Detrás del vidrio roto, la madera de las puertas impidió cualquier pasaje de luminaria exterior.
El ahora aclarado horizonte producto de reflejos artificiales emitidos por faroles nocturnos del pueblo abandonado era un supuesto paisaje imaginario.]
Miraba hacia atrás, evocaba recuerdos. Inventaba algunos, sin detenerme a pensar lo que algunos momentos antes estaba meditando. Acá estamos. El pasado y yo. Juntos, un semifantasma.
Saber no ser, ¿será posible? La necesidad de volver a los orígenes arde, la vuelta a casa tiene un largo camino bifurcado con rumbos tentadores.
Expongo pensamientos que impunemente llegan hasta mí de todas formas. Toda yo, dependiendo de una necesidad creativa, para calentar dolores y alegrías. Y debo reciclar un yo reciclado.
Vuelvo sin prisa la noche anterior, abriendo ventanas tratando de absorber el aire que apenas percibo. Capturando interiores causantes de bajas y altas. Todo es posterior siempre.
Puedo usar lo que tengo que decir por el simple hecho de hacerlo. Usar, conservar, desechar. Amar y permitirme el asco momentáneo de sentir aborrecimientos que no quiero. Esperar destrucciones para armar algo completamente nuevo como si fuera una extensión de viejas partes en desuso. Porque la sola idea de desear que faltan cosas por escribir se aferra a mí con antojo.
Retorna el sonido del agua escurriéndose entre mis dedos. Vertientes de arroyo forman pequeñas cascadas creadas para mí. Como si no conociera la vida de este reino, vuelvo a embriagarme bajo un cielo negro repleto de vibrantes lucecitas, como si fueran luciérnagas mostrándome el camino.
Recuerdo un “sparkle” en mi mano. Aunque no cabía en ella me gustaba llamarlo así. Fue como una emoción intensa que se materializó y despertó el placer por un rato. Y hasta podría haber usado su mágica intensión para perfeccionar el mejor beso que siempre es único y eterno, si mi corazón no hubiera palpitado bestialmente o hubiera oprimido mi mano junto a la otra.
Sé, que hemos sentido lo mismo alguna vez. Además retenemos aún, como si no fuera error suficiente, una flor maldecida, que por impulsos nocturnos continúan desangrando el corazón.